¿Qué ocurre cuando se juntan la mejor tarta del mundo y cuatro niños que creen tener la única razón verdadera para comérsela se pelean? Pues que se necesita un cuchillo para repartirla equitativamente. Sin embargo, este cuchillo es de plástico y ya sólo puede hacer un último corte. Su fragilidad es tan evidente que necesita la ayuda de una joven cuchara para seguir viviendo. De sus tres dientes ha perdido por el camino a dos de ellos y no está dispuesto a comprarse una dentadura postiza puesto que la tarta se pudriría y los niños se volverían a pegar entre ellos una tercera vez, cuyas consecuencias ni siquiera puede (ni quiere) imaginar. Y entonces, ¿qué hace?. Eso, amiguitos, lo sabréis cuando veais esta obra de arte.
miércoles, 10 de febrero de 2010
BERLIN EXPRESS o ¡qué difícil es repartir una gran tarta!
¿Qué ocurre cuando se juntan la mejor tarta del mundo y cuatro niños que creen tener la única razón verdadera para comérsela se pelean? Pues que se necesita un cuchillo para repartirla equitativamente. Sin embargo, este cuchillo es de plástico y ya sólo puede hacer un último corte. Su fragilidad es tan evidente que necesita la ayuda de una joven cuchara para seguir viviendo. De sus tres dientes ha perdido por el camino a dos de ellos y no está dispuesto a comprarse una dentadura postiza puesto que la tarta se pudriría y los niños se volverían a pegar entre ellos una tercera vez, cuyas consecuencias ni siquiera puede (ni quiere) imaginar. Y entonces, ¿qué hace?. Eso, amiguitos, lo sabréis cuando veais esta obra de arte.
martes, 9 de febrero de 2010
Qué ver y qué no ver
domingo, 7 de febrero de 2010
Malèna
domingo, 13 de diciembre de 2009
Papillon
viernes, 11 de diciembre de 2009
SIETE AÑOS EN EL TÍBET
Soy el primer sorprendido de que fuese esta película la que consiguió que ayer, pese al sueño que tenía, me fuera a acostar dos horas y pico más tarde de lo previsto. Mis compañeros la habían alquilado y me invitaron a verla con ellos; por cortesía me propuse acompañarlos durante los diez primeros minutos (yo pensaba apasionadamente en coger la cama), pero cuando me di cuenta estaba enganchado a las desventuras del pobre austriaco Heinrich (Brad Pitt, quién lo diría) en su viaje iniciático por la cordillera del Himalaya.
La película me dio varias sorpresas: primero, que se supone basada en hechos reales ocurridos en el techo del mundo mientras el resto del mundo estaba matándose en la Segunda Guerra. Segundo, que no es una película de lucimiento de Brad Pitt en que éste va de tío bueno guay super espiritual que se convierte al budismo, sino que el protagonista es un anti-héroe que no tiene más remedio que aprender a base de hostias, hostias literales que le dan inmerecidamente y más duras hostias no literales que por gilipollas le dan sus seres queridos desde la distancia: y ni siquiera así aprende del todo. El Dalai Lama aparece en su vida como un deus ex machina pero no del tipo que uno esperaría, sino de una forma bastante casual e incluso tonta. Y sin duda, cuando uno en seis meses en Bélgica no se ha comido una mierda, es muy consolador que Brad Pitt se coma menos todavía durante siete años en el Tíbet.
Pegas de la película: el estilo "disney" y hollywoodiense que en ocasiones se hace demasiado empalagoso (no hay más que escuchar la banda sonora, que por otra parte llega a ser muy efectiva), sobre todo en el "happy end", que yo quitaría sin dudarlo un segundo, porque es un pegote gordo.
Pese a ello, ya os digo, es entrañable en muchos momentos. A mí al menos me resultó emocionante, y, aunque lenta, entretenida (?). Quizá se deba a que, como dice el tito Jorge Luis (que no José Luis), sólo hay tres tipos de argumentos posibles en literatura (¿o eran cuatro?), y éste es el de la Odisea, una vez más, y no pretende ser otra cosa.
Yo la vi, porque aquí no tengo otro remedio, es inglés con subtítulos en inglés: esta vez no es por quedar pedante (otras veces sí lo ha sido), pero se entiende muy bien teniendo abajo el texto en inglés, es sencillito, así que como ejercicio os lo recomiendo. En cambio, en esta ocasión no es por criterio artístico (los personajes son austriacos, alemanes, tibetanos y chinos, así que qué me cuentas hablando en inglés).
Y no, no encuentro el vínculo. Un abrazo,
P.
viernes, 27 de noviembre de 2009
La flaqueza del Bolchevique
Por esta vez, haré un comentario más extenso de la película sólo porque me gusta cebarme en lo malo. No es que yo quiera decir que la película debería llamarse El truñaco del Bolchevique, en lugar de “la flaqueza”, pero así lo digo. Y sin embargo, durante 30 minutos tiene algo que te deja pasmado. María. María. María...
- ¡Jugooónn!
- ¡Cuidao! ¡Tiene 15 años!
miércoles, 25 de noviembre de 2009
LA NIEBLA o cómo tener más razón que Hobbes

A este paso va a haber que darle la razón a nuestro eminentísimo filólogo latino, gran amigo de Isaac Newton, cuando hace prevalecer las enseñanzas de las Atenas y Roma clásicas. Una vez más, debemos retrotraernos hasta allí, concretamente a la figura de Plauto, que más que comedias escribía verdades, cuando dijo en su Asinaria hace ya casi 22 siglos lo siguiente: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” . Para los que no nos llamamos Pablo Toribio podríamos traducir como: “El lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”. Más tarde, en el siglo XVII, un hijo de la Gran Bretaña (que afirmaría respecto a su nacimiento: "El miedo y yo nacimos gemelos", dado que su madre dio a luz de forma prematura por el terror que infundía la Armada Invencible española acercándose a costas británicas, Wikipedia dixit), un británico del siglo XVII decíamos, llamado Thomas Hobbes, condensó la aseveración plaútica (permíteseme el neologismo, por favor) en su obra Leviatán con el conocidísimo aforismo “Homo homini lupus”, id est, el hombre es un lobo para el hombre. Por último, otro coetáneo (o contemporáneo, son sinónimos) suyo, de nombre Francis y de apellido Bacon dijo que “Iustitiae debetur quod homo homini sit deus non lupus” o “A la justicia es debido que el hombre sea un dios para el hombre y no un lobo”.
Tras esta breve clase filosófica comencemos a hablar de La niebla, una película que es como un regalo, en donde lo mejor está dentro y no en el envoltorio (aunque haya personas que se esfuercen por embellecer lo de fuera ¿no es así, mamá?). Siguiendo con el símil, podría decirse que el papel de regalo competería a los diez primeros minutos de la película. Antes de abrir el paquete lo palpamos o incluso agitamos para (intentar) adivinar su contenido y como todo buen papel de regalo que se deje preciar, estos minutos sirven para dar dos pistas que repercutirán para mal en el resto del largometraje. Estas dos pistas son, a su vez, causa y consecuencia de todo lo que ocurrirá tanto fuera como dentro del supermercado. Y es que puede parecer raro que un simple e inofensivo supermercado sea el espacio principal de la película.
Una vez que el aparente trío protagonista (no hay que olvidar que es una película coral) entra a comprar, empieza el viaje en montaña rusa. La primera subida, la que va avisando de lo que espera, podría ser el conocimiento paulatino de los clientes y trabajadores que jugarán papeles más o menos importantes en la trama. Sin apenas tiempo de saber sus nombres, una primera bajada que es protagonizada por una niebla densa y oscura (aunque es blanca), empieza a apropiarse de la curiosidad del espectador. Desde este momento, la atención del heterogéneo grupo se centra por saber qué es eso que atemoriza y que, sin saber muy bien el porqué, les impide salir del supermercado (esta reacción me recuerda a la que hay en El ángel exterminador, de Luis Buñuel, y que, por supuesto, debéis ver). Es éste, el miedo a lo desconocido, el pilar madre sobre el que se sostiene la estructura del film. El miedo a lo desconocido, y a los desconocidos, que experimenta el hombre ante algo irresoluble es claramente mostrado por Frank Darabont, su director, cuando la de negro (en este caso, va de blanco) empieza a hacer de las suyas en cierto almacén trasero o en una huida estéril hacia lo desconocido.
Por el camino, poco a poco se dan a conocer mejor los personajes: sus vidas, sus miedos, sus deseos. Con ellos podría establecerse una división tripartita de los poderes que gobiernan toda sociedad “civilizada”: el judicial, con el abogado Brent Norton; el militar, con el trío de jóvenes soldados, que serán los que aporten la explicación de la situación (quizás uno de los pocos puntos débiles de la película); y, especialmente, el religioso, con la odiada Mrs. Carmody, personaje que merece una pequeña mención posterior. Aparte, está el pueblo llano, fácil de manipular y sojuzgar a medida que los problemas van en aumento y llega la tormenta.
Sin embargo, la que no aparece por ningún lado es la calma. Ni siquiera después de una noche ajetreada con unos bichos voladores. Porque con el día, el panorama anuncia tsunamis constantes que mantendrán sumergido al espectador cuando unos pocos se dan cuenta de que deben escapar irremediablemente de ese Infierno-Purgatorio-Paraíso en que se ha convertido el supermercado porque allí ya no se puede estar por culpa de Mrs. Carmody.
Por fin se llega al final de esta laguna Estigia, pero a Frank Darabont, como buen Caronte que ha sido, no se le ha pagado con el óbolo (en todo caso, la entrada o el DVD, o ni siquiera eso). Debido a ello, firma la escena final que firma, la cual para algunos será pretenciosa, facilona, exagerada e incluso previsible. Pues para el que escribe este comentario es todo lo contrario. Hay que tener bien puestas ciertas partes nobles para dar ese final, un temple que mantenga la tensión, que ya está a flor de piel de antes, para establecer esa situación que haga lo que se haga estará mal visto. Aderécese todo con una sublime canción como, por ejemplo, “The host of seraphin” de Dead can dance (curioso nombre y curiosa compatibilidad con la película), coautores también de otra gran banda sonora como es la de Gladiator (¡PÓNGANSE EN PIE! ¡AR!).
Con respecto al trabajo actoral hay que decir que el amigo Darabont hace que hasta el pétreo y risible Thomas Jane parezca lo que cree ser (un actor) y no se haga sus necesidades delante de la monstruosa Marcia Gay Harden, que es capaz de robar el protagonismo a la niebla, a los bichos, a la oscuridad y hasta a un señor de Maine que pasaba por allí. También merecen reconocimiento Toby Jones y Frances Sternhagen.
Bueno, me voy a dormir (la 1:06), no sin antes de revisionar (no sé por cuál vez) los 15 últimos minutos. Y para cerrar este comentario, volvamos a Hobbes. Porque cuando no hay guerras el hombre se aburre y busca en otros hombres y otras guerras la diversión. Para ello, se debe poseer un alto grado de egoísmo y buscar y lograr un primer enfrentamiento a pesar de que la sociedad intente subsistir en la convivencia. Una vez que consiga el duelo propuesto y existan dos bandos, la función puede comenzar. ¿Las armas? Todo se puede utilizar contra el enemigo: un kalashnikov, un crucifijo, un avión,... O lo más básico y a su vez lo más dañino: la palabra.
Mario
P.d: he leído por Internet que Franck Darabont quería hacer una película de 3 horas de duración y en blanco y negro. Aquí uno que la está buscando.
